La mujer, sorprendida, vio cómo la grúa jirafa ascendía lentamente pegada a los cristales de su ventana. Un hombre iba metido en su barriga de canguro. La grúa se detuvo y el hombre, con la bayeta impregnada de agua jabonosa, comenzó a pasarla por el cristal. Sus movimientos pausados denotaban una despreocupada indiferencia.
La mujer entró en
el cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera. Estaba cansada y lo único que
deseaba era tomar un baño relajante. Al salir, comprobó decepcionada que el
hombre seguía allí, sin dejar de frotar. No quería mirarlo, pero por un
instante sus ojos se encontraron y su mirada le pareció descarada y lascivia.
Volvió a entrar en
el cuarto de baño y cerró el grifo. La bañera estaba casi llena y el vapor
había empañado el espejo. Comenzó a desnudarse, de pronto se detuvo. ¡No podía
meterse en la bañera con aquel hombre en su ventana! Por otro lado, tampoco era
para tanto, con cerrar la puerta bastaría. Aunque saber que estaba allí,
mirando su habitación con tanta impunidad, la inquietaba.
Aún a riesgo de que el
agua se enfriase salió y merodeó por la habitación. Ordenó alguna ropa, retiró
un par de zapatos, metió el bolso en el armario… Después de casi quince minutos,
aquellos ojos burlones no habían dejado de mirarla con absoluto descaro, sin el
menor propósito de disimulo. Ya no sabía qué hacer, la desesperación se había
hecho dueña de su voluntad. El agua de la bañera se había enfriado, los deseos
de un baño relajante también.
Salió del baño, al que
había entrado una vez más, impulsada por un arrebato de ansiedad, dispuesta a enfrentarse
a él, a gritarle que se apartara de su ventana. Pero se quedó paralizada. En
realidad, el hombre no limpiaba los cristales, solo simulaba hacerlo, pues
había pasado la bayeta mojada y seca por el mismo espacio una y otra vez.
Aquel era el piso
treinta y siete de una torre de cristal de sesenta y cinco plantas y si más de
una vez había dudado en poner unas cortinas, ahora estaba decidida a encargar
unas al día siguiente.
Fue en ese instante
cuando se hizo la pregunta. ¿Cómo había podido ascender hasta el piso treinta y
siente con una grúa jirafa? No tuvo oportunidad de encontrar una respuesta, ni
siquiera imaginarla. Aterrada vio que el hombre hacía un círculo en el cristal.
Con una ventosa sostenía el disco, lo guardaba en la barriga de la grúa y luego,
con gran habilidad, se deslizó dentro de su habitación, posó los pies sobre su
butaca favorita, y avanzó hacia ella con una mirada paralizante que le impidió
la posibilidad de la huida.
Manuela Maciá
30/03/2026