lunes, 30 de marzo de 2026

 

    
                               LA GRÚA

                  La mujer, sorprendida, vio cómo la grúa jirafa ascendía lentamente pegada a los cristales de su ventana. Un hombre iba metido en su barriga de canguro. La grúa se detuvo y el hombre, con la bayeta impregnada de agua jabonosa, comenzó a pasarla por el cristal. Sus movimientos pausados denotaban una despreocupada indiferencia.

          La mujer entró en el cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera. Estaba cansada y lo único que deseaba era tomar un baño relajante. Al salir, comprobó decepcionada que el hombre seguía allí, sin dejar de frotar. No quería mirarlo, pero por un instante sus ojos se encontraron y su mirada le pareció descarada y lascivia.

          Volvió a entrar en el cuarto de baño y cerró el grifo. La bañera estaba casi llena y el vapor había empañado el espejo. Comenzó a desnudarse, de pronto se detuvo. ¡No podía meterse en la bañera con aquel hombre en su ventana! Por otro lado, tampoco era para tanto, con cerrar la puerta bastaría. Aunque saber que estaba allí, mirando su habitación con tanta impunidad, la inquietaba.

          Aún a riesgo de que el agua se enfriase salió y merodeó por la habitación. Ordenó alguna ropa, retiró un par de zapatos, metió el bolso en el armario… Después de casi quince minutos, aquellos ojos burlones no habían dejado de mirarla con absoluto descaro, sin el menor propósito de disimulo. Ya no sabía qué hacer, la desesperación se había hecho dueña de su voluntad. El agua de la bañera se había enfriado, los deseos de un baño relajante también.

          Salió del baño, al que había entrado una vez más, impulsada por un arrebato de ansiedad, dispuesta a enfrentarse a él, a gritarle que se apartara de su ventana. Pero se quedó paralizada. En realidad, el hombre no limpiaba los cristales, solo simulaba hacerlo, pues había pasado la bayeta mojada y seca por el mismo espacio una y otra vez.

          Aquel era el piso treinta y siete de una torre de cristal de sesenta y cinco plantas y si más de una vez había dudado en poner unas cortinas, ahora estaba decidida a encargar unas al día siguiente.

          Fue en ese instante cuando se hizo la pregunta. ¿Cómo había podido ascender hasta el piso treinta y siente con una grúa jirafa? No tuvo oportunidad de encontrar una respuesta, ni siquiera imaginarla. Aterrada vio que el hombre hacía un círculo en el cristal. Con una ventosa sostenía el disco, lo guardaba en la barriga de la grúa y luego, con gran habilidad, se deslizó dentro de su habitación, posó los pies sobre su butaca favorita, y avanzó hacia ella con una mirada paralizante que le impidió la posibilidad de la huida.

 

Manuela Maciá

30/03/2026 



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