sábado, 4 de noviembre de 2017

Cada día que pasa es la suma de un tiempo que no espera y que sentencia una página escrita. Lo intentamos todos los días con la perseverancia del incansable. Pintamos colores y los convertimos en senderos, por donde nos gustaría perdernos persiguiendo paraísos. Onduladas sensaciones se balancean en la distancia y forman montañas de espejismos que se desvanecen cuando crees que vas a alcanzarlas. Son como besos que se lanzan a la luna y que suspiran por morir en su cara oculta. Todo es mentira hasta que se escucha el llanto de la soledad.

lunes, 24 de diciembre de 2012

RECUERDO DE 89 POEMAS Y DIBUJOS PARA LOS 90

                                                         
                   Otoño en la Alhambra


           Mis primeros pasos en la escritura, además de con pequeños cuentos, los di con la poesía. Y aunque en aquel tiempo disfruté mucho con el verso, debo reconocer que prefiero la prosa.


En 1989 después de varios intentos conseguimos llevar a buen puerto el publicar un libro de poemas colectivo. Publicar nunca es fácil para los principiantes. Solo aquel que la suerte le sorprende o tiene los padrinos adecuados consigue hacerlo sin que le cueste sufrir la merma de sus ahorros, como así fue para nosotros. Catorce ilusionados autores publicamos este libro titulado: 89 POEMAS Y DIBUJOS PARA LOS 90, libro que ahora probablemente repose olvidado en catorce estantes, con una pequeña capa de polvo adherido a su lomo que le ha ido otorgando el paso tiempo.

Quizás por ello me he decidido a dedicarle un pequeño homenaje y dejar aquí constancia de su paso fugaz, con dos de los cuatro poemas que publiqué.



TE LO DEVOLVERÉ TODO

Te lo devolveré todo si lo deseas

hasta las flores secas de aquel ramo

que conmemoró nuestro aniversario,

hasta el libro de poemas arábicos

que celebró nuestra primera reconciliación.

Tú puedes quedarte con mi amor

no pienso volver a usarlo.



ACUÉRDATE

Acuérdate de que los lunes

¿recuerdas?

los dedicábamos a la reflexión.

Hacíamos recuento sobre la

semana transcurrida.

Entonces

volvíamos a reír las risas y

los llantos iban a la bolsa de la basura.

Luego, de madrugada, nos asomábamos

al balcón para ver como se la llevaban

sin el menor asomo de nostalgia.



Manuela Maciá

jueves, 6 de diciembre de 2012

UN ASUNTO DELICADO

 Puente de París 




En 1989 publiqué mi primer relato. Por primera vez uno de mis escritos fue editado gracias a Gutenberg y se convirtió en algo tangible, real, un “libro”: palabra mágica. Está incluido en un libro colectivo: Ciclos Narraciones, y mi relato se titula Un asunto delicado. Mis otros dos compañeros de viaje fueron Carlos Cebrián, con las Noches de Marzo e Isabel Beltrán con Stanbrook, la portada es un dibujo de Milagros Román.

Un asunto delicado consta de 22 páginas, y cuenta la historia de… Y aquí, al intentar recordar, es cuando tengo que poner freno a mis impulsos de narrar el argumento del relato; de pronto me siento asaltada por la pregunta: ¿Qué ocurrió hace 23 años en el mundo, en mi vida y en el relato? Debo admitir que apenas soy capaz de responderme. ¿Qué ocurre con todo lo que sucede en nuestra vida, con nuestra memoria histórica, y que sin duda va formándote y creándote como persona? ¿Está ahí aunque no seamos capaces de recordar nada o muy poco? ¿Forma parte de los pilares que nos sostienen sin los cuales nos derrumbaríamos? Entrar en debates filosóficos del tal envergadura, sería una torpeza por mi parte pues todo lo que sé sobre filosofía, a pesar de que constituye una de mis pasiones, se puede coger con pinzas, quiero decir que “solo sé que no se nada” (frase escrita por Platón atribuida a Sócrates, ya que este último no dejó nada escrito), lo cual no excluye mi pasión por conocer (lo que significa que me contradigo) y ande siempre buscando respuesta, no para sentenciar, sino para comprender.

¿Qué se puede hacer ante esta tesitura? Me refiero a qué puede hacer uno para salir del atolladero al descubrir que la memoria está obstruida, que es como un agujero negro ante el que es muy difícil avanzar. Diré lo que yo he hecho: recurrir a la luz de la memoria que otros guardan para que no nos perdamos en la oscuridad del olvido irrecuperable.

De esa manera, descubro que el 22 de enero de 1989, cuando mi relato era apenas un borrador sin pulir, fallece en París el escritor irlandés Samuel Beckett. Es el autor de la obra teatral mundialmente conocida: Esperando a Godot así como de numerosas novelas, y tanto en un género como en otro Beckett quiso transmitirnos la angustia indisoluble de la condición humana, que en última instancia redujo al yo solitario o a la nada. En 1969 le concedieron el premio Nobel de literatura. ¿Qué escritor no ha soñado con el premio Nobel de Literatura? Yo he de hacer una confesión, no niego que lo soñara porque soñar es algo que uno se puede permitir sin esfuerzo y sin tener que pagar tributo. Sin embargo también era consciente de que no solo con sueños se escriben libros merecedores de que por ellos te concedan el Nobel.

El 23 de enero de 1989, indudablemente mi relato seguía en las mismas condiciones que el día anterior, muere en Figueras Salvador Dalí, un genio original, paranoico, surrealista y estrambótico, que tuvo la suerte, y no tuvo reparos, de crear y mostrar todo aquello que llevaba dentro.

El 24 de marzo de 1989, mientras mi relato avanzaba, el petrolero Exxon Valdez vertía al mar 36.000 toneladas de petróleo en aguas de Alaska. Lamentablemente muy poco se ha hecho para impedir que estos desastres sigan contaminando nuestras aguas.

El 4 de junio de 1989, puede que mi relato ya estuviese pulido y preparado para entrar en imprenta, en la plaza de Tiananmen mueren centenares de jóvenes estudiantes chinos que reclamaban reformas democráticas. Al día de hoy es indudable que su muerte no fue en vano. ¿Quién se hubiese atrevido a pronosticar que veintitrés años después un señor chino, para ayudar a su nieta, pose como modelo vestido de mujer, y que esas imágenes aparezcan en las pantallas de todo el mundo con éxito? El león dormido empieza a despertar y hasta incluso puede que al estirar alguna de sus extremidades, en un gesto inocente de desperezo, provoque algunos desaguisados.

El 25 de agosto de 1989, cuando miles de turistas tendidos en la playa tostaban su piel gracias a nuestro querido y necesario Sol, la sonda espacial “Voyager 2”, que fue lanzada el 20 de agosto de 1977, llega a Neptuno y nos manda las primeras imágenes de este planeta. ¿No es realmente asombroso?

El 5 de octubre de 1989 el Dalai Lama, líder exiliado del Tíbet, es galardonado con el premio Nobel. China sigue dominando el Tíbet y los Lamas, de alguna manera, no dejan de ser sus prisioneros.

El 9 de noviembre de 1989, (tal vez ya se había presentado el libro o estábamos a punto de hacerlo) por fin cayó el muro de Berlín. Alemania deja de estar dividida y se enfrenta al reto de la reunificación. Es evidente que ha sido todo un éxito y que Alemania se ha convertido, de nuevo, en un país potente y es la cabeza dominante de la Comunidad Europea. No creo necesario aclarar a qué me refiero, pues aquí, en nuestra España, sufrimos día a día las consecuencias… como la tan traída y llevada Prima a la que nadie conocía ni sabía de su existencia y que de pronto se ha convertido en un familiar molesto y quisquilloso que invade, oscilante, nuestros hogares.

Sería absurdo negar que muchos de estos acontecimientos que he enumerado no están impresos en mi memoria, pero también debo reconocer que me hubiese resultado imposible ubicarlos en su año correspondiente, sin recurrir a la memoria histórica de una enciclopedia o de Internet. Llegado a este punto me pregunto: ¿cómo recordar algunos sucesos personales de ese año? No tengo escrito ningún diario al que acudir, y desde luego mi memoria no es precisa. El único retazo de 1989, se limita a un álbum de fotos, y ahora mientras lo repaso intento revivir esos días de Semana Santa en Nerja, sentada en el balcón del hotel frente al mar, o por las calles del pueblo blanco de Mijas. Luego paso a Sevilla, en el mes de mayo, a donde viajé en un tren como cuidadora accidental (una pequeña ayuda para las maestras) acompañando a casi noventa chavales en su excursión anual de fin de curso. Fue un viaje en el que bebí un poco de la savia nueva que todo niño lleva consigo.

En agosto visitamos Francia en coche. Un recorrido que comenzó en San Juan de Luz, La Rochelle, Tours, El Valle del Loira y llegó hasta el Monte San Michel, un lugar que soñaba visitar desde que vi un reportaje de Miguel de la Cuadra Salcedo (sino recuerdo mal) para luego, y después de pasar por Rouen, regresar a España haciendo una parada en el siempre añorado París. Más tarde, en octubre, fuimos hasta Albarracín, época en la que los chopos se visten de oro antes de que sus hojas alfombren los lechos del río.

Después de devolver el álbum a la estantería, ya solo me quedaba leer Un asunto delicado. He escuchado a varios escritores consagrados decir que rara vez releen su obra, lo que nunca les he oído comentar es la razón verdadera de ello. ¿Es posible que consideren que, después de tantos años, escriben mejor y no vale la pena recordar viejos tiempos, o quizás tienen miedo a reencontrarse con el escritor que querían ser y del que tanto se han alejado…? Es indudable que caben tantas posibilidades como autores. Lo cual me lleva a considerar que es mejor no entrar en ese laberinto de los demás y centrarme en mi propia encrucijada.

He leído mi relato y debo decir que siento una relajada satisfacción. No me he decepcionado. Del argumento quiero hablar muy poco, de hacerlo desvelaría la sorpresa final. Solo puedo decir que se trata de un Psicólogo en paro que acude a la llamada de un amigo, compañero de pensión durante los años de universidad, porque le pide ayuda profesional para un familiar.



Manuela Maciá






jueves, 29 de marzo de 2012

LA CITA



LA CITA

Llego antes de la hora prevista al elegante hotel. Quiero familiarizarme con el lugar. Necesito sentirme segura. Después de dudar una y mil veces decido acudir a la cita. Buceo por el laberinto de pasillos y tropiezo con el Salón Rosa, así reza en la pared izquierda. La puerta de cristal se abre apenas me acerco a ella. Se escucha una suave música de jazz. El verde azul del mar me llega a través de los amplios ventanales del fondo. Atraída por él avanzo hasta alcanzar la terraza donde el Mediterráneo se abre como un luminoso horizonte. El olor a mar explosiona y provoca sensaciones olvidadas. Las olas, en la playa, hacen gemir las piedras que cantan su constante despedida.
Me siento mar, me siento brisa, me siento sueño y la soledad duele. Esperaré aquí, decido. Si me busca sabrá encontrarme. El sol camina inexorable hacia el ocaso. El rojo intenso crece por momentos. La temperatura es agradable, pido un café, ya tendré ocasión de tomar una copa que es lo que realmente me apetece, pero de momento prefiero estar lo más lúcida posible. Saboreo una pequeña chocolatina que han traído junto a la taza del café. Mi mirada se pierde en el mar mientras pienso en lo que me ha traído hasta aquí.
La fotografía que me envió por Internet no le hace justicia. Nos estrechamos la mano. La suya es suave, cálida y aprieta la mía con firmeza. Nuestras mejillas se juntan bajo la consigna de un cumplido saludo mientras un escalofrío crece bajo mi piel. Se sienta y nos decimos las primeras palabras. Todo tiembla a mí alrededor.
Una hora más tarde seguimos en el mismo lugar, saboreamos un magnifico whisky con hielo. Charlamos en armonía, impacientes por decirnos el uno al otro quienes somos.
El sol, entre el cielo y el mar, es como una hoguera que se apaga lentamente. Él sugiere pasear por los jardines antes de que la noche llegue. Huele a flores, a recién mojado. Pequeñas farolas aparecen como luciérnagas y nos guían. Sigo temblando y trato de contener la avalancha de emociones olvidadas que despiertan dentro de mí. Al borde de la piscina nos detenemos, el agua es limpia y transparente. El mar está más cercano pero solo se escucha, como un murmullo, como una confirmación de su existencia.
La noche plena nos descubre tejiendo palabras. Se aproxima la hora del adiós. Una voz por dentro me grita: ¡espera!, esto es el paraíso y sólo si te expulsaran deberías marcharte. Siento que la vida se resume a este instante, que el mundo es esto y nada de lo que hay más allá importa. Pero tengo miedo de que mis emociones se desnuden sin pudor. Emprendemos el regreso lentamente. Hay un momento de silencio en el que las palabras toman aliento y nuestras manos se rozan, él coge la mía durante ese vuelo de inercia hacia el espacio y juntas se elevan.
Una convulsión plagada de emociones penetra ahora en mis venas como una flecha y recorre cada centímetro de mi cuerpo. Cierro los ojos cuando en un oscuro rincón, bajo las ramas de un sauce, me abraza para después adueñarse de mi boca. Pienso en la eternidad, en que ya no tengo miedo, como si la tormenta ya hubiese pasado. Cogidos de la mano avanzamos por los curvados pasillos del jardín…
De pronto me doy cuenta de que el camarero intenta decirme algo. Despierto de mi letargo, de mi sueño. De un zarpazo vuelvo a la realidad. Me pregunta si soy Ana, le respondo que sí y entonces me entrega un nota. “Perdona el retraso, un problema ineludible. ¿Te importaría esperar media hora más? Le doy las gracias al camarero y este se aleja.
Sí esa es la palabra “esperar”. Llevo mucho tiempo atada a un tiempo en el que no espero, en el que antes de comenzar me voy. Un tiempo de desconfianza, de huída, de lucha inútil contra molinos de viento. Sonrío y con la mirada busco al camarero que a los pocos segundos se percata de mi llamada. Ha llegado el momento de tomar esa copa pendiente. Ha llegado el instante de cambiar el rumbo de mi vida, de girar el volante y adentrarme por esa calle desconocida llena de interrogantes. Esperaré…

Manuela Maciá

martes, 31 de enero de 2012

EL BESO



Me dejó tirado, desahuciado como un pelele. Sin responder a ninguna de mis preguntas después de soltar toda su retahíla de frases inapelables. Fría como una barra de hielo se limitó a fingir que le interesaba la letra de la canción que emitía la radio del coche. “Lo nuestro ya no puede ser. Ya no te quiero, así que se acabó. Necesito sabia nueva en mi vida. Me da igual que lo comprendas o no. Yo tengo que luchar por mi misma, nada de cuanto digas me hará cambiar de opinión.”
¿Qué se puede hacer ante un abandono tan rotundo? ¿Cómo se conjuga la resignación? Aún notaba la calidez de su último beso, como regalo de despedida, sobre mi piel. El verde del trigo y las amapolas intentando abrirse paso entre las espigas me molestó, yo estaba muerto y ella... Miré el reloj, había quedado con un posible comprador en aquella urbanización perdida. No tardaría en llegar así que más tarde decidiría qué hacer con el cadáver.



Manuela Maciá

miércoles, 21 de diciembre de 2011

NATURALEZA







Subida hacia Wengen (Suiza) 18.12.2011



Wilderwil (Suiza) 19.12.2011




Con suavidad el tren inicia su marcha. Las nubes forman anillos alrededor de las montañas. Entrelazan sus largos dedos con los árboles en un gesto amoroso. Son nubes juguetonas, inquietas. Vienen, se van, vuelven, parece que se han ido y de pronto aparecen. Es como un rito de quehaceres cotidianos, pero imprevistos.

A veces las nubes se lanzan por las laderas como por un tobogán para luego, en un impulso, elevarse y perderse tras la cumbre. Un águila, en lo alto, juega al escondite con ellas. El tren avanza entre un bosque de abetos, junto al río que sigue su curso sin que nada lo detenga.

De pronto el tren suaviza su marcha y veo, en un pequeño corral, a seis ocas que baten las alas, imagino que ateridas de frío, cerca de ellas tres coloridas gallinas se arrebujan unas con las otras.

Pequeños bosques de hoja caduca alfombran la hierba, es como si esta se hubiese teñido, a tramos, de color caoba. Los colores en su libre albedrío se entretejen unos con otros.

El agua fluye por los rincones más inesperados. Es todo tan bello. Estrechos cañones donde solo el tren tiene cabida. Retazos de valle con lunares de casas solitarias.
Sube, sube el tren y poco a poco el blanco nos envuelve como un manto impoluto. Los copos de nieve terminan su camino en los cristales del vagón y desaparecen.

La realidad supera a la ficción. Siempre se ha dicho así, es una frase muy recurrente. Pero ¿acaso la realidad no va unida a las emociones que en cada uno provoca la belleza que la naturaleza ofrece? ¿Todos la percibimos igual? Hay una canción que dice: “Vivo por ella que me da…”, y se refiere a la música. Yo siento que vivo por ella y me refiero a la naturaleza.

Sí, vivo por ella porque despierta en mí la ilusión de asomar a un nuevo día, porque ella es el único refugio donde puedo y quiero guarecerme. Porque ella me sorprende y atrapa, me enamora y estremece y es capaz de provocar en mí todas las emociones que el ser humano puede sentir. Porque ella nunca te abandona.

Manuela Maciá

lunes, 12 de diciembre de 2011

LOS PUPITRES DE LA MEMORIA


Hay un tupido velo que derrota a la memoria, como un guerrero del mal. Hay indecisiones de recuerdos o sueños mentirosos de un pupitre deseado que nunca alcancé.
Mi primera escuela no tenía pupitres, sino sillas enanas con asiento de anea donde aprendí el abecedario.
En mi memoria hay lugares dudosos, sin firmeza, que no marcan un destino. Una fotografía con mochitos y lazos de colores, ante una mesa con una muñeca de porcelana, la Enciclopedia Álvarez, el tintero con la pluma y un globo terráqueo donde España está a la cola de Europa y parece minúscula ante el continente Africano.
Después de recibir el Santo Sacramento de la primera comunión, mi aula es un taller de costura y mi pupitre una silla de madera pulida. Mis asignaturas: sobrehilado, ensanche, punto atrás y de cruz, afianzar botones… Los trabajos extraescolares hacer los recados: un litro de petróleo racionado, tras esperar en una larga cola, un par de kilos de carbón, y en la mano la cartilla con los cupones de racionamiento.
Ya en la adolescencia y ante la realidad de la ignorancia, recorrí los pupitres de academias nocturnas donde ocupé espacios imprecisos, lugares no fijados, anodinos, en los que el abandono y la soledad están presentes como una letanía.
Hubo un tiempo de silencio, un crecimiento pausado lejos de los pupitres, sola ante las asignaturas de la vida. Más tarde un vagar por conferencias, talleres, oradores, mensajeros de la palabra, en los que ocupo siempre los últimos lugares de la sala dominada por el afán inconsciente del anonimato que la timidez me imponía, agredida por el verdugo del miedo.
Ahora la inocencia no me confunde. Los pupitres, las sillas de estudio se han convertido en un objeto que no condiciona mi ánimo, ni lo trastorna con valores desproporcionados.
Descubro, con certeza provisional, que es cuestión de actitud y que el lugar que ocupé en el aula, es más un sentimiento manejable que un espacio concretado con síntomas de castigo.
El deseo frustrado de las primeras filas ha muerto y he aprendido que la proximidad alimenta la bruma y que esta entorpece el horizonte de mira.

Manuela Maciá